LA TRADICIONAL ROMERÍA DE SAN ANTONIO DE URKIOLA (BIZKAIA), DE ANTONIO FERRER AÑO 1930
| SAN ANTONIO DE URKIOLA, AÑO 1930 |
Una de nuestras típicas fiestas es la de los Santos Antonios, que se veneran en el Santuario de Urkiola. De todos los pueblos que acuden a Urkiola masas de devotos que forman un larguísimo rosario, por la ondulante carretera y vienen fielmente a cumplir el voto del que hicieron promesa en días angustiosos o en momentos de peligro.
Hoy se viste Urkiola de gran gala, el 13 de junio día consagrado a los Santos Antonios, que cariñosamente de veneran en la antigua ermita cuyas vetustas paredes se hallan tapizadas de bastones, muletas, aparatos ortopédicos, manos y pies de cera, corazones de metal y otras clases de exvotos, ofrecidos por el creyente aldeano vasco.
Hoy en día, sobre las cenizas y ruinas de aquella venerable ermita, se ha levantado toda una gran iglesia que ha de tener, el día que las obras acaben, proporciones enormes y estar acondicionada para recibir a las muchedumbres que desde todos los rincones y caseríos de Bizkaia y de otros muchos lugares de las hermanas provincias acuden, llenos de la fe a rendir culto al milagroso Santo.
Urkiola de gala porque la primavera pondrá sus mejores galas, cubrirá las hayas de la altura con ramilletes de hojas tiernas que embalsamen el aire y el sol, que uniéndose a la fiesta brillará como en sus mejores días.
Nosotros que gustamos de las alturas de la montaña, hemos asistido desde las crestas a espectáculos y escenas pintorescas en ese día de devoción y romería.
Recordamos uno de los años que alcanzamos el Untxillaiz, la mole pétrea de Mañaria, saliendo tempranito de Bilbao.
Era una mañana agradable, remontamos el bosque de hayas de la falda Norte de la peña, doblamos a la derecha en el portillo rocoso que forma el comienzo de la piedra y terminaremos sentándonos en la cumbre, mirando la serpenteante carretera que salva con sus múltiples curvas el espacio mediado entre Mañaria y Urkiola. Curiosa vista, por la carretera un verdadero hormiguero humano, subía penosamente la empinada carretera.
Todo era invadido por los imnumerables romeros y hasta se desparramaban por los atajos, que cortando las pronunciadas curvas aventajaban camino para unirse nuevamente a la oleada humana en su dirección ascendiente.
De trecho en treco los autocares y autobuses con sus estallidos de motor y broncos bocinazos se abren paso entre la abigarrada multitud.
Con los gemelos desmenuzamos un poco de esa masa anónima desde lo alto de nuestra atalaya.
Vemos a una etzekoandre con la falda negra, dando la mano a una neskatilla de unos seis años con traje de percal, sin lavar aún y un gran lazo recogiendo un mechón de rubios cabellos, donde el peine seguramente se habrá entretenido más que otras veces.
Más abajo un grupo de jóvenes aldeanos luciendo delantales nuevos que tienen aún los pliegues de la tienda y así mismo los pañuelos que cubren el moño con sus clásicas orejeras al viento,sigen a estas un animado grupo de muchachos y muchachas, ellos con pantalones de "mil rayas", blancas camisas y chaquetas al brazo y ellas de alpargata y falda blanca, con grandes pañuelos de colores chillones anudados al cuello.
Vienen luego fornidos "mutillak" con la blusa al hombro y clavel en la oreja o entre los labios, animando su marcha con cantos de zortzicos o alegres biribilketas. Tras ellos un grupo de alpinistas con repletos morrales a la espalda. Más abajo, con un cigarro de panocha de maíz, unos graves aldeanos suben despacito mientras discuten de ganado, de aves de corral o cuentan entre ellos hechos remotos sucedidos en tal día como aquel.
Y así afanosamente, desfila aquel abigarrado conjunto humano movido por la fe y la devoción hacia el Santo predilecto, o simplemente por su afición a pasar un día en alegre compañía en medio del hermoso cuadro de romería clásica.
Otras veces hemos oteado desde el monte de Saibigain, el bullicio y la animación de la campa junto al santuario y de sus alrededores y han subido hasta nosotros como un murmullo de cascada los mil ruidos de la romería salpicados de las chillonas notas del acordeón o de las estridentes y agudas de los txistus.
Hasta la abrupta crestería del Alluiz llegan los acordes y la algarabía de los acordes y de los romeros.
Solo el Amboto con su majestad y fiereza mira por encima del hombro aquella actividad inútil de los hombres. ! He visto tantas veces lo mismo¡. Y año tras año, inmutable, ha comtemplado el paso de las generaciones vascas, en sus excursiones hasta Urkiola, sus plegarias a los pies de San Antón, sus bulliciosos bailes junto a la iglesia, sus comidas bajo los árboles con la alegría retozando en el cuerpo y finalmente el retorno en racimos, carretera abajo, llenando el ambiente de cánticos y algarabías desde la impasibilidad de la augusta y legendaria cima, con su superioridad inamovible sobre la pequeñez de nuestra humana naturaleza.
Y desde aquellas alturas, cuando todavía no ha obscuredecido con su negro manto los profundos valles, la típica ermita testigo de la fe de un pueblo más que milenario, va siguiendo con sus escrutadores ojos abiertos en los seculares muros, el regreso de aquellas gentes, nuestra generación que como la de siglos anteriores, hace y deshace el mismo camino, atraída por una devoción innata, remozada todos los años al llegar la tradicional fiesta.
Entre la ermita de los Santos Antonios y el pueblo vasco existe una corriente simpática que es toda una historia.
Los viejos, la recuerdan de sus viejos y la transmiten íntegra y oralmente a los jóvenes. Es la tradición patriarcal que vive en aquellas montañas , aún no profanadas, en aquellos valles no hollados todavía por exóticas costumbres, en los cortiles no violados aún por la invasión demoledora del ultramodernismo.
Es la patriarcal tradición que se defiende heróicamente de los esfuerzos titánicos de la moderna civilización que todo lo materializa y adultera, principalmente la devoción.
Es la patriarcal tradición que se esconde en estas cresterías como antaño lo hiciera el pueblo vasco del fanatismo sarraceno .
Refulgente, esplendoroso como nunca, brilla esta cima, esta gema del pueblo vasco que sabe conservar con valentía, como el más apreciado galardón que heredara de sus antepasados: la tradición.
Como robusto roble expuesto a la furia del vendaval, como duro peñasco que ni el rayo partió, se mantiene firme y constante, la fe de este pueblo vasco, valiente, intrépido que solo se humilla ante la divino.
FIN
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